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Genética de la estupidez

04/11/2012

Isabel Molina

Si la formulación de algunas teorías científicas sólo alegran de verdad a unos pocos (porque los demás no acabamos de comprenderlas en toda su magnitud), me atrevería a decir que la formulación de la Teoría de las Inteligencias Múltiples en 1983 por Howard Gardner, hizo feliz a prácticamente todo el mundo.

Gardner desterró la idea predominante en aquel entonces de que existe una única inteligencia (actualmente muchos científicos discrepan de Gardner, estudios basados en el grosor de la corteza cerebral, apuestan por una única capacidad general, g) y afirmó que ésta podía dividirse en varias inteligencias como lógica-matemática; espacial; lingüística; musical; interpersonal; intrapersonal; naturalista e incluso existencial o filosófica.

Decía que esta teoría hizo feliz a casi todo el mundo porque suponía un bálsamo para cualquiera. Era difícil no destacar en algún área e implicaba que todos éramos inteligentes en algo. Y si le quitabas ese ‘en algo’, al final lo que quedaba era que todos éramos inteligentes. Aunque claro, un cosa es apreciar la inteligencia y otra medirla. Soy muy listo, de acuerdo, pero ¿más o menos que mi vecino?.

Han pasado muchos años desde aquella teoría, pero medir la inteligencia sigue siendo un reto para los investigadores. Muchos pensaron que con la revolución de la genómica, con el genoma humano encima de la mesa, podrían encontrarse los genes que hacen que uno sea más o menos inteligente… pero no. En palabras de la bióloga Janet Kwasniak, “lo que por el momento se ha encontrado son muchos genes que parecen tener un ligerísimo efecto sobre la inteligencia (disminuyéndola) pero ninguno cuyo efecto directo sea el de incrementar la inteligencia, al menos de forma apreciable”.

La forma de abordar esa complicada medición de la inteligencia podría ser la de estudiar las mutaciones de esos genes que parecen tener relación con la inteligencia. Pero habría que distinguir entre mutaciones selectivas que a lo largo de la evolución han permitido que los humanos nos distingamos como ‘seres inteligentes’, que no deberían variar entre una persona y otra, y aquellas mutaciones que distinguen a alguien más inteligente de otro que no lo es tanto.

Cerebro hecho con papiroflexia durante la jornada Comunicar la Neurociencia, Zaragoza.

Por eso, el investigador Kevin Mitchell propone darle la vuelta al asunto y buscar, no aquellas mutaciones que hacen a alguien más listo sino las que disminuyen la inteligencia de una persona. Sería algo así como indagar en la genética de la estupidez. Mitchell lo plantea como una sencilla cuestión de probabilidad: encontrar una mutación en un gen que se traduzca en un aumento de las capacidades es infinitamente más difícil que encontrar una que, o bien no tenga ningún efecto o que afecte negativamente.  Es decir, que si le quitas un par de tornillos al azar a una batidora, las probabilidades de que deje de funcionar son muchísimo más altas que las de encontrarnos con que de pronto bate a velocidad de vértigo. Suena interesante ver a dónde puede llevar esta nueva línea de investigación. Experimentos en los que, por una vez, tengamos que dejar nuestro ego a un lado para medir por qué somos más tontos que el de al lado.

Es cierto que en ocasiones al quitar uno de esos tornillos algunas capacidades intelectuales mejoran extraordinariamente. Podría ser el caso de los genios, prodigios que leen a Dostoievsky a los 4 años o tocan el piano como Mozart a los 6.  Lamentablemente no se conoce mucho sobre la genética de los superdotados y además en muchos casos estas supercapacidades están además relacionadas con patologías como Asperger, déficit de atención e hiperactividad o trastorno obsesivo-compulsivo, aunque no siempre se diagnostiquen.

En este Año Nacional de la Neurociencia, estamos descubriendo lo que ya se sabe del cerebro pero también lo mucho que queda por descubrir. El cerebro, lejos de ser un órgano estático, hecho de compartimentos separados, está continuamente cambiando, creando nuevas conexiones neuronales en todas las etapas de la vida, rellenando las huellas que dejan traumatismos y enfermedades en él, adaptándose a las nuevas circunstancias.

Parece difícil imaginar que un día podrá medirse la inteligencia como una magnitud exacta. La teoría de un gen-una característica no es válida casi nunca, y menos cuando se habla de inteligencia, sobre la que ni siquiera hay todavía un consenso sobre cómo definirla con exactitud, ni si se debe hablar de una única inteligencia o de diez.

Aunque lleguen a encontrarse respuestas satisfactorias estudiando la ‘genética de la estupidez’, siempre habrá un punto de subjetividad en cómo percibimos y valoramos la inteligencia: cuando a H., una niña prodigio, se le preguntó por qué cambiaba el violín, que tocaba maravillosamente bien con sólo 6 años, por el piano, todo el mundo esperaba una respuesta elaborada propia de adulto sabiondo.

Sin embargo H. , una niña muy lista, respondió sencillamente que “para estar sentada”.

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