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¿Pan? De trigo, por favor

02/10/2012

Isabel Molina

Bailar, dice la RAE, es “el movimiento acompasado de brazos, cuerpo y pies”. Se presupone que voluntario y normalmente en compañía.

No tiene nada de especial; la humanidad lleva meciéndose al son de la música desde sus primerísimos orígenes. Pero ¿qué ocurre si el baile amable y festivo se convierte en una epidemia incontrolable que afecta a cientos de personas? Pies que no pueden o no saben parar, cuerpos exhaustos incapaces de hacer una pausa para comer.

¿Una plaga de baile?. Podría pensarse por un instante que nos movemos en el terreno de lo paranormal, pero el caso es que parece ser un episodio real de la historia de Europa, como cuenta en su libro el investigador John Waller, de la Universidad de Michigan. Según la documentación de la época (recogida por cronistas, monjes y físicos), durante los siglos XIV, XV y XVI, Europa contempló incrédula cómo poblaciones enteras parecían entrar en un trance bailongo, contagioso e imparable. Episodios de locura colectiva que fueron repitiéndose a lo largo de la cuenca del Rin.

Representación de una plaga de baile. Fuente: Wikicommons

Uno de ellos ocurrió en Estrasburgo, cuenta Waller, cuando una mujer comenzó un baile desenfrenado que duró varios días y al que acabaron sumándose más de 400 vecinos que se retorcían sin parar. Decenas de personas murieron bailando.

En plena Edad Media, si uno se ponía a bailar compulsivamente sólo podían existir dos razones: o bien era un hereje que se burlaba de la Santa Iglesia o estaba poseído por algún demonio (que para el caso también trataba de burlarse de lo más sagrado). En ambos casos, el afectado solía tener un triste final: la hoguera (también podía ser la horca) o cualquier otro castigo que terminara con una situación que la Iglesia no comprendía y que desde luego no toleraba.

Pero en los casos que Waller relata en su libro, ni siquiera la poderosa Iglesia pudo hacer nada (al ser tantas las personas afectadas), excepto contemplar atónita aquel baile de San Vito que en algún momento habría de acabar pero que acabó colándose en su propia casa cuando un grupo de monjas parecieron sufrir un trance similar que las llevó a subirse a los árboles mientras gritaban todo tipo de obscenidades. Al menos así lo cuentan los cronistas de la época.

Las razones de estos delirios parecen encontrarse en algo tan sencillo como el centeno, en concreto en aquel contaminado con un hongo, el cornezuelo del centeno o claviceps purpurea. Los señores feudales de la época (que no se dieron a este baile sin fin) comían pan hecho de trigo, pero las clases más humildes tenían que conformarse con el pan negro de centeno, frecuentemente contaminado por el cornezuelo. Entre las sustancias alcaloides derivadas de este hongo, está la ergotamina (esta intoxicación se conoce como ergotismo), precursora del conocido LSD y sustancia altamente alucinógena.

Cornezuelo del centeno, claviceps purpurea. Fuente: wikicommons

Los historiadores también coinciden en que el consumo de centeno contaminado pudo haber sido la causa que llevó al asesinato de varias mujeres acusadas de brujería en Estados Unidos ya en el siglo XVII, en los cinematográficos y bien conocidos Juicios de Salem. En una época marcada por fuertes creencias religiosas y el dominio por parte de las instituciones eclesiásticas, la sociedad era especialmente sensible a la superchería, la brujería y los demonios. No eran tiempos aquellos de búsqueda de razones médicas a estados a todas luces demoníacos.

Aunque existen referencias a la epilepsia desde la Antigüedad, durante siglos la tradición cristiana denominó a estos enfermos ‘lunaticus’ o ‘demoniacus’. Ya en el siglo XIX, Dostoievski contó su propia epilepsia a través del personaje Myshkin de su obra ‘El Idiota’. Un cercano testimonio de la incomprensión y la falta de tratamiento que sufrían los enfermos de epilepsia ya casi entrados en el siglo XX.

Pero si padecer algún tipo de epilepsia (una patología frecuente que afecta aproximadamente al 1-2% de la población) suponía un estigma y producía el rechazo social, no es difícil adivinar a qué debían enfrentarse personas con alguna enfermedad rara.

Aunque su descripción detallada como patología se produjo a finales del siglo XIX por el norteamericano George Huntington, la corea o enfermedad de Huntington también fue incluida en este grupo de enfermedades o intoxicaciones marcadas por el ‘baile de San Vito’ debido a los movimientos involuntarios y espasmódicos de quienes la padecen. Esta enfermedad neurodegenerativa, muy grave, afecta a las neuronas haciendo que se pierdan paulatinamente capacidades cognitivas y motoras. En el programa número 15 de Salud Biotec han hablado con José Ramón Naranjo, del CNB, uno de los investigadores españoles dedicado al estudio del Huntington que nos cuenta todo sobre esta enfermedad y adelanta algunos de sus últimos descubrimientos basados en la proteína DREAM. Investigaciones que pueden dar lugar a nuevos fármacos que mitiguen los daños irreversibles de esta enfermedad.

Brujas, demonios y pan en mal estado. Un menú difícil de digerir para aquellos que vivieron en la Edad Media (y épocas posteriores). Es seguro que muchos enfermos de Huntington, epilepsia o la corea de Sydenham, fueron castigados también por culpa de un baile desesperado que nadie de la época supo interpretar.

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