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La fórmula preferida del profesor

27/08/2012

Isabel Molina

Estas vacaciones he aprendido que además de números primos, hay números amigos, números perfectos o fórmulas matemáticas que pueden ser bellas, como aquel binomio que nos acercó Pessoa o esa fórmula que el profesor prefiere por encima de las demás.

El profesor no es sino el personaje más entrañable que he conocido este verano a través de las páginas del libro de la escritora japonesa Yoko Ogawa, ‘La fórmula preferida del profesor’.

El libro, de una gran ternura y sencillez, cuenta la amistad que surge entre un viejo profesor con amnesia y una asistenta y su hijo. El gran descubrimiento es que Ogawa consigue emocionar al lector apoyándose en las matemáticas, en la belleza de los números.

Identidad de Euler

Y es que además de descubrir con ilusión casi infantil que los números 220 y 284 son números amigos porque la suma de los divisores de 220 es igual a 284 y viceversa, el libro nos acerca también a la realidad de alguien que no es capaz de recordar más allá de 80 minutos tras un accidente que detiene sus recuerdos en 1975. Y cómo pueden construirse las relaciones personales a partir de esa nueva realidad, en la que un posit en la solapa de una vieja chaqueta recuerda dolorosamente: ‘mi memoria sólo dura 80 minutos’.

Al pensar en literatura, matemáticas y memoria, he recordado a Borges, en cuyos cuentos están muy presentes algunos conceptos matemáticos y filosóficos como el infinito, que aparece en ‘Las ruinas circulares’ o en ‘El Aleph’, y  ‘Funes el memorioso’, donde el problema del protagonista es precisamente el contrario al del profesor, Funes recuerda cada imagen que pasa por su retina, en palabras de Borges: “No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).

Pero quizás en Borges las matemáticas brotan en su expresión más abstracta, una concepción que más que explicar siembra en el lector la incertidumbre de no saber, el misterio que arrastran o la imposibilidad de comprender.  Un lenguaje el de Borges que según algunos es en sí lógico y matemático.

Sin embargo al terminar ‘La fórmula preferida del profesor’, uno tiene la sensación de que ha descubierto una verdad sencilla que estaba ahí pero que nadie nos había contado nunca. Y al cerrar el libro comienza un juego que aún me persigue: fijarme en un número impreso en cualquier puerta o en un teléfono para intentar descubrir si es un número primo, perfecto o sencillamente, amigo.

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