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El derecho a sentirse mal

14/06/2012

Isabel Molina

Cuentan que una visita que le hizo a su mujer en un sanatorio en el que estaba siendo tratada de una infección pulmonar, le inspiró un cuento corto. Pero lo cierto es que finalmente Thomas Mann escribió una novela de 700 páginas y más adelante recibió el premio Nobel.

Muchos escritores han encontrado a lo largo de la historia de la literatura un refugio, alivio o inspiración en la enfermedad. Un lugar desde el que se han permitido reflexionar sobre la muerte o los conflictos de la época, a través del cual han podido trazar una radiografía de la sociedad del momento…pero siempre con el escenario de la enfermedad, ya sea individual o colectiva, de fondo. O a veces, como es el caso de la novela ‘Todo esto para qué’, en un absoluto primer plano.

La tuberculosis le dio a Mann la ‘excusa’ para contar la realidad social, intelectual y filosófica de su época. Qué mejor manera de justificar las largas horas de conversaciones eternas y profundas de sus protagonistas que enmarcándolas en el ritmo lento y enfermizo de un sanatorio de tuberculosos.

Pero si en el siglo pasado fueron las plagas como la peste, o la tuberculosis las que inspiraron a algunos escritores, la enfermedad de este siglo es sin duda el cáncer, que ya empieza a tener su propia y cada vez mayor, biblioteca de ficción: el cáncer como punto de inflexión y cicatriz personal que permite al protagonista dar un giro inesperado a su vida; historias en las que la amargura y tristeza producidas por la enfermedad encuentran consuelo y calma donde nunca antes se hubiera buscado; también relatos surrealistas, tiernos y poéticos como el de Boris Vian, que nos contó el cáncer (sin nombrarlo), como un nenúfar creciendo dentro de un pulmón.

Ahora bien, el planteamiento de Lionel Shriver en ‘Todo esto para qué’ no es precisamente poético. Ni reposado o reflexivo. Esta novela rezuma humor, rabia y sinceridad y se atreve a plantear el cáncer en términos poco frecuentes.

Uno de ellos, cuánto cuesta tener cáncer. Sí. Cuánto cuesta no en dolor, sufrimiento y coste emocional, sino su precio en dólares en el marco de un sistema sanitario como el de Estados Unidos (país que sin duda no es ni será, el único). Países en los que es necesario contar con carísimos seguros médicos en los que se hace imprescindible leer la letra pequeña, ya que no cubren determinadas situaciones médicas. Un coste sanitario abrumador. Pero ¿quién piensa en dinero cuando la vida de alguien a quién se quiere está en juego?. Un planteamiento duro sí, pero con cifras concretas que inician cada capítulo de la novela: los dólares de la cuenta corriente de Shep Knacker, que van disminuyendo al ritmo al que se apaga la vida de su mujer.

Mientras vamos descubriendo las marcas emocionales y personales que va dejando el cáncer a su paso por la vida de los Knacker, surge otro interesante camino por el que nos lleva Shriver: la reivindicación del derecho del enfermo a sentirse mal.

El vocabulario que rodea al cáncer parece a veces más propio de un conflicto armado que de una enfermedad que se padece, se sufre, se vive, en la que se sobrevive o se muere, como en tantas otras. Batalla, lucha, vencer, combatir, pelear... Es constante el uso que se hace de este lenguaje bélico, y que curiosamente exige al mismo tiempo optimismo, fuerza, ánimos e incluso una sonrisa. Y nadie va a la guerra tan contento.

La autora, a través de unos personajes muy bien construidos, critica esa imposición social de lucha y optimismo que muchos enfermos sencillamente no son capaces de acatar, lo que crea en ellos frustración, tristeza e incluso culpa por no estar haciendo todo lo posible por ‘vencer al cáncer’. La decepción de una derrota cuando ni siquiera ha habido guerra.

Sentirse animado tiene un indudable efecto positivo en una persona enferma: estará más dispuesta a seguir el tratamiento, su dolor será más llevadero y en definitiva, estando enfermo o sano, la alegría siempre produce bienestar. Pero, ¿y si uno no quiere luchar porque sabe que no puede influir en el curso de la enfermedad?, ¿y si se siente tan mal que no sólo no sonríe sino que es desagradable consigo mismo y con todo el mundo a su alrededor?. En este mismo sentido está surgiendo un movimiento anti-rosa de mujeres con cáncer de mama que rechazan que su dolencia se haya teñido de rosa, que no apuestan por esa forzada normalización de la enfermedad. Mujeres que quieren curarse, por supuesto, pero que no quieren oír que deberían sentirse igual de guapas y femeninas tras sus mastectomías o sesiones de quimio. Su lema: ‘no es normal, es horrible’.

Lionel Shriver no recibirá el Nobel por esta novela que le inspiró una amiga con cáncer, pero es un libro muy interesante en sus planteamientos, sincero, con sentido del humor y que pone una mirada diferente sobre la que es la enfermedad de nuestro tiempo. Y al igual que una vez las páginas de los libros respiraron al ritmo del asma o enfermaron de tuberculosis y cólera, es seguro que cada vez encontraremos más autores que encuentren su refugio de ficción en el cáncer.

*Enlaces: SaludBiotec

One Comment leave one →
  1. 15/06/2012 9:49 am

    Yo había leído ya algo, en concreto sobre este otro libro, y el timo que supone el discurso de “todo en la vida es bueno si sabes cómo mirarlo”. Me parece bastante sano, y racional, acabar con la chorrada esa de “despedirme es lo mejor que me ha pasado en la vida, ahora puedo buscar otras oportunidades”, “qué suerte que soy seropositivo, ahora puedo valorar mucho mejor las cosas importantes de la vida”. Optimismo sí, pero sin hacer el tonto. Y sobre todo sin obligar a nadie a ser feliz en unas circunstancias así.
    Sonríe o muere

    http://almacosta.wordpress.com/2011/02/14/libros-sonrie-o-muere-como-el-pensamiento-positivo-engano-a-america-y-al-mundo-por-barbara-ehrenreich/

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