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Tres miradas a un mismo jarrón

30/03/2012

Isabel Molina

Cuando el biólogo John Burke observó por primera vez el cuadro de Van Gogh ‘Los girasoles’ lo que vio fue una mutación. Sí, probablemente también se deleitó como tantos otros antes con la gama de amarillos que salieron de la paleta del pintor holandés, con la imagen de esas flores desiguales en su belleza…. Pero a él lo que le entusiasmó fue descubrir que una mutación podía estar detrás de la diferencia entre esos girasoles. Y se propuso descubrirla.

La noción de arte sigue hasta hoy sujeta a múltiples interpretaciones precisamente porque depende en última instancia de cómo lo percibe el hombre. Y cada individuo ante una obra de arte está condicionado por sus circunstancias, cultura, sentimientos y personalidad particulares. Por ello un mismo cuadro puede desencadenar toda clase de sensaciones, desde la más sólida admiración hasta la indiferencia más absoluta o la exaltación de un genetista de plantas al descubrir aquello que desde luego ningún crítico de arte llegó a percibir jamás.

Y es seguro que el magnate japonés Yasuo Goto no se volvió loco por una cuestión de evolución genética, pero algo inmenso le debió de producir el cuadro de belleza calculable, porque tal día como hoy hace 35 años, pagó cerca de 40 millones de euros por uno de los seis cuadros de la serie ‘Los girasoles’.

Sin embargo… “desagradado por esa efusión de colores que cegaban y mareaban, que saltaban agresivos a su encuentro..”, así vivió el pintor Paul Gauguin su primer encuentro con ese mismo cuadro según la realidad ficcionada que salió de la pluma de Vargas Llosa. Y es curioso que precisamente fuera la persona para la que fue pintado el lienzo la que no soportara la escena que ‘el Holandés Loco’ tenía preparada para él en La Casa Amarilla, pintada de ese mismo color y con las paredes llenas de cuadros, con un hueco especial para ‘Los girasoles’ en la habitación que ocuparía Gauguin durante su estancia en Arles.

Probablemente la complicada relación que Gauguin mantuvo con Van Gogh fuera la razón de ese rechazo a la atmósfera opresiva que le esperaba en ‘La Casa Amarilla’ y no tanto al aspecto distinto de aquellos girasoles que sí llamó la atención de Burke años después. Los girasoles normales no son una única flor sino una agrupación de diminutas flores, que en el exterior se asemejan a pétalos alargados. Las florecillas del interior son las polinizadoras, pero el conjunto visto de lejos resulta ser como una atractiva y gran flor. Uno de esos trucos que usa la naturaleza para engañar a los insectos y asegurar su supervivencia. Pero los que retrató Van Gogh tienen las flores de su disco interno muy parecidas a las del exterior. Y aquí reside la mutación: tienen un gen, HaCYC2c anormalmente activado en ese disco interior, lo que hace que contenga más flores alargadas como las del exterior, que son menos polinizadoras. Otras mutaciones detectadas en girasoles tienen su razón evolutiva y de supervivencia, pero los investigadores coinciden en que en este caso la mutación fue al azar y sólo ha sido perpetuada por los agricultores debido a su inusual y no siempre valorada de igual manera, belleza.

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