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La mosca que salió de la habitación 613

17/03/2012

Isabel Molina

No todos los que se acercaban hace unos cien años a la puerta número 613 del Schermerhorn Hall, en la Universidad de Columbia, se atrevían a llamar. Pero los que una vez lo hicieron pudieron ver a ocho científicos trabajando sin descanso y rodeados de botellas llenas de pequeñas moscas. Un espectáculo extraño pero sin duda productivo ya que, de la posteriormente conocida como ‘Habitación de las Moscas’, salieron 5 premios Nobel y muchas, muchas moscas.

La persona que lideró este grupo excepcional de científicos fue Thomas Hunt Morgan, que descubrió que los genes, localizados en posiciones específicas en los cromosomas, eran la unidad de la herencia mendeliana y suponían la base de la evolución darwiniana y del control del desarrollo.

Los pequeños invertebrados que se apretaban en las botellas eran moscas de la fruta (Drosophila melanogaster), un insecto que tiene en común con los humanos mucho más de lo que por aquel entonces podía imaginar Morgan.

Compartimos un gran número de genes con la mosca de la fruta, lo que no quiere decir que un día nos despertemos aleteando en la cama inútilmente a lo Gregorio Samsa. Pero dos tercios de los 13.000 genes que tiene la Drosophila, tienen su equivalencia en humanos, lo que ha permitido que esta pequeña mosca sea una herramienta valiosísima para el conocimiento del desarrollo embrionario y el estudio de la genética de cientos de enfermedades. Pero además, en los últimos años los estudios con este insecto se han orientado también a la investigación del comportamiento social, revelándonos datos muy interesantes sobre la genética y la biología de las adicciones, entre ellas el alcoholismo.  Y aunque el hombre tienda a asumir una superioridad genética sobre otras especies, su comportamiento en ciertas situaciones no parece estar tan alejado del que lleva a cabo una mosca.

Foto: Ophir/UCSFY es que cuando una mosca macho se acerca a una hembra buscando sexo, saca toda su artillería para conquistarla: le acaricia los genitales, mueve las alas con rapidez para hacerlas sonar, golpea suavemente el abdomen de la hembra.
Y si ésta le rechaza…. se da a la bebida. Este nuevo estudio en Drosophila liderado por Ulrike Heberlein, de la Universidad de California y publicado en Science, ha descubierto que el macho, desolado tras el rechazo, presenta niveles muy bajos de un neurotransmisor llamado NPF, lo que le hace inclinarse por el alcohol antes que por su comida habitual. Pero si se les da un ‘extra’ de NPF se alejan de la bebida incluso aunque se les haya privado de sexo durante largo tiempo. Los humanos tienen su neurotransmisor equivalente, el NPY, por lo que los estudios actuales tratan de descubrir si los niveles de este neuropéptido están implicados en las preferencias por el alcohol u otras drogas adictivas.

La importancia del estudio, según sus descubridores, reside en que es la primera vez que se encuentra un vínculo molecular entre las recompensas naturales, como el sexo, y aquellas relacionadas con drogas, como el alcohol. Y también la primera vez, en moscas de la fruta, en las que una interacción social determina un comportamiento futuro.

*Imagen: Ophir/UCSF
Más en: http://www.nature.com/news/2008/080103/full/news.2007.402.html

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